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La urgencia del sexoterrorismo colectivo

Un texto que nos llega desde Madrid:

 

El jueves salí con mi novio y unos amigos a una discoteca. Normalmente es una sala gay, pero al ser jueves era una sesión house heterosexual. Yo, inocente de mí, pensé “¿qué más da? Puedo pasármelo igualmente bien, a veces soy demasiado talibán con estas cosas”. Bastó media hora ahí dentro para recordar por qué llevaba años sin pisar un espacio así. Un imbécil de primera fila se atrevió a acercarse a mí y a mi novio e invitarnos a irnos a un reservado por estar besándonos en la pista. La última vez que estuve en un sitio así con mi novio fue hace más de dos años y nos ocurrió exactamente lo mismo. Es como si fuera una reacción automática que lleva a los machitos acomplejado a tener que demostrar su hombría castigando a quien no cumple con sus normas.

No pude sentir más rabia. De pronto miré a mi alrededor y me dí cuenta de hasta que punto eran todos iguales. Todos bailando como si estuvieran hechos de madera buscando con la mirada desesperadamente a una de las pocas mujeres que por equivocación habían entrado ahí (la proporción macho-baboso-heterosexual/mujer era 10 a 1). Me resultó una escena patética que me dio muchísima pena. Pero al mismo tiempo me sentí muy agredido. Porque el problema no eran los canis concretos que me habían dicho eso. El problema es que yo sabía que era una cosa de toda la discoteca, que si me hubiera ido al otro extremo habría venido otro de ellos a reproducir la misma escena, como si fueran robots programados en serie. Por eso decidimos marcharnos a un lugar donde nos sintiéramos más cómodos. Consiguieron, en definitiva, lo que querían. Salimos del sitio y pagamos una entrada en una discoteca de Chueca.

Acoso a homosexuales

Me encanta la gente que se pregunta por qué necesitamos un día del orgullo LGTB. Pues sencillamente porque estamos hartas de vivir en la dictadura del permanente orgullo heterosexual. No basta con leyes que reconozcan derechos formales para las minorías sexuales. Hay que destruir esa dictadura a nivel cultural. Necesitamos brigadas sexoterroristas que se infiltren en los espacios de seguridad hetero-normativos para reventarlos desde dentro. “Terrorista” porque les causa terror ver a dos maricones besarse, o a una mujer libre que juegue con ellos como un ratón, o a un hombretón maquillado y con tacones, o a una bollera con corbata que sea más macho que ellos; o cualquier otra posibilidad que se salga de su estrecho margen y que les haga sentir limitados y tremendamente vulgares. Es pánico, terror a que su patética postura de cartón piedra se les deshaga entre las manos. Su seguridad natural y su derecho de nacimiento a la “normalidad” se les diluye como un azucarillo. Nos tienen miedo y deberíamos aprovecharlo. Deberíamos hacerles huir con el rabo entre las piernas de todos los espacios donde se sienten cómodos, hasta que no les quede lugar donde esconderse. Hasta que pierdan hasta la última de sus seguridades y no vuelvan a atreverse jamás a sentirse con más derecho que cualquier otro a disfrutar de su cuerpo, su sexualidad y su identidad.

 
Eduardo Rubiño

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